Reseña invitado: R12

Reseña: un profesor ajeno al equipo y con experiencia en la docencia de E/LE nos ofrece su visión sobre la enseñanza.

En esta ocasión se ocupa de la Reseña Javier Villatoro, profesor de E/LE, editor digital y formador especialista en TIC. Además ha sido el coordinador junto a Roberto Cuadros del monográfico Twitter en la enseñanza y aprendizaje del español, en el cual participó RutaELe. Podéis ampliar la información sobre Javier Villatoro accediendo a la pestaña de RutaEle web Autores:

El necesario trabajo previo de reflexión que requiere el escribir una reseña para una revista como Ruta ELE (un punto de referencia tan importante en nuestro sector profesional que en su aún corta existencia ya ha superado ampliamente el millón de visitas, y por el que han pasado con anterioridad las lúcidas opiniones de tantos otros compañeros), me llevó a retrotraerme a los primeros momentos en los que me iniciaba en la enseñanza de ELE.

Como sucede a menudo, empecé a impartir clases de español por puro azar, en una época en la que la oportunidad de formación distaba enormemente de la actual y en la que muchos de nosotros, malamente pertrechados con un irrisorio CAP y con una mínima trayectoria en alguna academia de verano, cuando no en clases particulares, aprendíamos a enseñar de manera instintiva y autodidacta, a base de experiencias propias y ajenas, y siguiendo a tientas el rumbo que nos dictaban los consejos de los compañeros más experimentados.

Por fortuna, mi formación llegó pronto, y comencé a asistir a cursos de especialización, conferencias, congresos, seminarios, gracias a los que pude empezar a afianzar aquella experiencia inicial con la necesaria adquisición de las primeras bases metodológicas. Pero durante aquellos primeros tiempos que pasé aferrado de manera irreflexiva y mecánica a seguir el programa, el manual, los contenidos, me encontraba siempre tan ocupado con el qué y con el cómo, que ignoraba por completo lo que realmente importaba: a quién, por qué, para qué. Quizás por ello, ahora que yo mismo he cumplido ya casi una década dedicado a la formación de profesores, si alguna vez se da el caso de que alguien me pregunta acerca de las características que definen a mi juicio a un buen docente, mi respuesta suele simple y escueta: conciencia.

Conciencia docente

Por encima de los contenidos y en la misma base de las competencias, reside algo no medible, algo que no es comunicable: la vocación, la pasión por la docencia.

El profesor Martín Peris nos comentaba una vez, en una de sus estupendas charlas, que el secreto para ser un buen profesor reside en subrayar lo importante y que antes que ser profesores de lenguas, deberíamos aprender a ser profesores de lenguas. En el fondo, todo se reduce a una simple cuestión de poner el acento sobre el sujeto antes que sobre el objeto.

Ser profesores significa amar la profesión, tener siempre la conciencia de estar enriqueciendo a los estudiantes al ayudarles a incorporar a su experiencia un nuevo marco personal, cultural, lingüístico, comunicativo, imaginativo, pero también de estar aprendiendo a cambio mucho más de lo que enseñamos. De hecho, nuestra profesionalidad no depende tanto del hecho de que nos hayamos desarrollado como profesores, sino más bien de la realidad de que hemos sido y somos siempre, y sobre todo, aprendices.

Conciencia del destinatario

Con frecuencia las palabras son humo que oculta aquello que nombran. Tras la denominación genérica de estudiante, hay siempre alguien que necesita ser reconocido, no ya como aprendiente, sino como persona que aprende, individual y compleja.

La conciencia del destinatario debe preceder, sin duda, incluso a la del docente. Ya no basta solo con ser inspiradores, ni con transmitir entusiasmo. Ni siquiera es suficiente con ser capaces de generar el necesario contagio emocional en el aula. Es imprescindible pasar el turno y la voz a los verdaderos protagonistas: fomentar un aprendizaje significativo, ofrecer autonomía, estimular y acompañar el proceso de aprendizaje proponiendo los retos adecuados y permitiendo que sean ellos mismos quienes los afronten, suscitar procesos de investigación, aceptar la creatividad y las diferentes formas de resolver los problemas, adoptar el error y hacerle hueco entre nosotros, como una mascota familiar e indispensable. Ceder, en definitiva, el protagonismo a los protagonistas. Podrá parecer pueril, pero es innegable: el aprendizaje existe sin necesidad de la enseñanza, pero no es posible la enseñanza si esta no va dirigida a posibilitar y a facilitar el aprendizaje.

Conciencia de cambio

Poseer conciencia del tremendo cambio histórico que se opera en nuestra sociedad actual, supone tener en cuenta ante todo que el aprendizaje se produce hoy de manera ubicua y permanente.

Nuestro mundo no solo está evolucionando de manera cada vez más acelerada, sino que además lo hace de una manera especialmente acentuada y dentro de nuestro espacio natural: en el campo de la información, de la comunicación y, por lo tanto, de la formación. No podemos volver la espalda al hecho de que nuestra especialidad, como tantas otras hoy día, está cerca de conocer una modificación sustancial causada por el efecto que ejerce la tecnología sobre la práctica totalidad de los sectores profesionales.

Tener en cuenta esta dimensión evolutiva no solo es imprescindible por lo que se refiere a la capacidad de adaptación a la nueva sociedad y a los nuevos modos de comunicación y aprendizaje, sino que debería servir también para ser capaz de prevenir los acontecimientos. La conciencia de vivir en tiempos líquidos supone avanzar dentro del río, siguiendo su corriente sin olvidar jamás la estela que dejamos en la marcha y atisbando de continuo el horizonte.

Conciencia profesional

Y, por supuesto, la conciencia profesional, corporativa, de pertenecer a un sector de especialistas.

De acuerdo a los estudios publicados en los últimos años y a las conclusiones expuestas en numerosos congresos internacionales, el valor económico de español, la segunda lengua de comunicación del planeta, está considerado como el activo mayor del mundo hispánico. Alrededor de este hecho, universidades e instituciones públicas y privadas han creado e incrementado de manera exponencial no solo los cursos de español a extranjeros, sino también su oferta de estudios de especialización en este campo, mientras que las editoriales, por su parte, han acompañado de manera medular este crecimiento, poniendo en el mercado todo tipo de materiales de enseñanza.

Sin embargo, situado con frecuencia en un rincón de este excelente marco de desarrollo, el profesorado de ELE, artífice y protagonista de este crecimiento, un colectivo profesional que cuenta con una enorme voluntad de innovación y renovación docente, con una rigurosa capacitación profesional y estudios específicos para ello, no solo se encuentra poco y mal atendido en sus aspiraciones profesionales, sino que su importante labor educativa, cultural y de difusión internacional de nuestra lengua y culturas es poco conocida, frecuentemente minusvalorada, a menudo eventual y cada vez más expuesta al intrusismo. Una situación que puede alargarse indefinidamente, e incluso empeorar, si no se desarrolla la necesaria conciencia profesional de pertenencia a este colectivo.

Conciencia, en definitiva, para sacudirnos la inercia de los días, para tomar el pulso vivo de lo que somos, lo que hacemos.

Para no perder el rumbo en nuestra ruta.

Javier Villatoro

digitalingua.com

Descargar reseña

Frankfurt, octubre de 2015


Comments are closed.